Las minitas como yo sufrimos a su álter ego. Queremos callarla, queremos golpearla hasta dejarla tarada, hasta que no tenga ninguna herramienta más para molestar y molestar a los otros. Queremos que desaparezca, aunque la mayoría de las veces nuestros intentos son inútiles. Por ejemplo, imaginate que estás con el chico que te gusta en la cama, después de una sesión de sexo desenfrenado, de esas que te dejan con las sensaciones más sensibles que nunca, de esas que si me acariciás el pelo me largo a llorar no sé si de la alegría, la emoción, la felicidad o la angustia. Imaginate, entonces, que en esa montaña rusa de sensaciones alborotadas, sentís algo en la panza, algo parecido a una descompostura, como si necesitaras escupir algo, como si la comida te hubiera caído mal, entonces vomitás un "te quiero" susurrado, casi inentendible, entre dormido y despierto, un hilito de voz. Y te abrazan. O te dan un beso. O te acarician. O sonríen. Las minitas como yo, en una situación como la que acabo de describir, nos angustiamos con todo el alma, el cuerpo y el corazón. Las minitas como yo vomitamos el "te quiero" y necesitamos la respuesta verbal, el "yo también te quiero". Y cuando suceden mil cosas alrededor menos esa respuesta, tu maldita álter ego empieza a taladrarnos en la cabeza, con argumentos infantiloides y estupideces del estilo "no te quiere nada, boluda" o "prefiere abrazarte a decirte gracias". Las minitas como yo nos levantamos de la cama, conteniendo un llanto completamente innecesario, y nos encerramos en el baño hasta que esa guacha nos deje de joder con su novelita rosa y su melodrama bobo, y cuando se pasa el malestar por eso que nunca debió habernos molestado, volvemos a la cama y hacemos como que no ha ocurrido nada. Si nos preguntan qué nos pasa o si estamos bien decimos que no nos pasa nada, que estamos bien. Pero en el fondo, bien en el fondo de la cabeza, la motherfucker sigue tatuándonos frases horribles y pasan uno, o dos, o tres días, y la angustia sigue ahí, como un murmullo molesto que no te deja dormir, como si el silencio frente a tu "te quiero" se transformara en miles de voces que hablan entre ellas y se dicen que está todo mal, que está todo pésimo, que está todo horrible, que no hay solución. A veces aturde tanto ese murmullo que sin darte cuenta, te encontrás sola, parada en un colectivo repleto de almas grises y de olores desagradable y te largás a llorar, desconsolada, y le pedís por favor a la multitud que se calle, que necesitás pensar en otra cosa, que tenés que vivir una vida, que la novela es para la televisión, que por favor hagan silencio, y ellos se callan.
Y cuando se callan, te tranquilizás.
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