martes, 13 de septiembre de 2011

Yo estaba tirada en la cama, con bombacha y corpiño, y vos te tiraste arriba mio y apenas lo hiciste se me llenaron los ojos de lágrimas. Me preguntaste qué me pasaba y no te respondí, no sé qué me pasaba. Me abrazaste fuerte y yo te mojé el cuello con mis lágrimas. Y me volviste a preguntar qué me pasaba y yo seguía sin saber qué me pasaba. Solamente sabía que no podía parar de llorar de ninguna manera. Sentí tu respiración en mi oído, y la escuché tan cerca mio que por unos minutos sentí que había vuelto a confiar, que había vuelto, que estaba ahí, con vos. Se me caían los mocos y respiraba entrecortado, sentía ardor en los ojos y el pelo, que se había pegado a mi cachete, estaba húmedo. Te quedaste ahí, abrazándome, y me dijiste lo que yo necesitaba escuchar. Me dijiste llorá, y yo te hice caso. Lo repetiste, yo seguí. Y mientras seguía llorando sin saber por qué, agradecí en silencio que me dijeras eso, te lo agradecí con un beso, y vos tal vez ni siquiera te diste cuenta de mi agradecimiento. Te agradecí no sólo por decirme eso, sino porque el que dice eso sabe que no es la causa del llanto, sabe que no tiene nada de culpa, sabe que es una catarsis que no tiene motivo específico, que es nada mas que llorar y desahogar. El que dice llorá está dispuesto a estar ahí. Está para abrazar. Está porque quiere estar. El que dice llorá sabe acompañar, sabe escuchar, sabe hablar y sabe hacer silencio. El que dice llorá entendió. Me entendió. Y eso es demasiado.


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